MARTÍN SE HA IDO PARA SIEMPRE – FAMILY

2004 – Elefant – 3:10

 

Entré en una librería de viejo justo detrás de la catedral. Hacía un calor amarillento de piedra limpiada con chorro de arena y turista buscando la sombra. Podías, a través de los cristales cubiertos de años de nicotina, ver la imagen a contraluz de la Seo. Antes de que derrumbaran el barrio aquí había unas casas bajas, casas de prostitutas que tenían un bar en la habitación que daba a la calle. Recuerdo ir al cine, con siete u ocho años, yo solo, y ver a una de ellas pintando de blanco un abrigo de pelo. Supongo que por la noche nadie se daría cuenta. Siempre pasaba por allí cuando iba al cine, nunca a la vuelta. A la vuelta era demasiado tarde y ya no había nadie en la calle, solo se oían las voces en los bares. Recuerdo que la prostituta tenía el pelo negro y rizado, como Cher en hechizo de luna, pero en inmensa, y daba brochazos furiosos al abrigo con la misma brocha que había usado para encalar la fachada del establecimiento. Ahora, sin embargo, había miles de libros empolvándose en las estanterías, un bar de infusión y periódico y edificios de cinco plantas de ladrillo visto y gente bien, que pagan sus hipotecas a treinta años y reforman el baño con azulejos buenos.

El librero levantó la vista desde el final del establecimiento, así que tuve que disimular y hacer como si estuviera buscando algo. Si necesita ayuda, estoy aquí, me dijo. Yo asentí con la cabeza. Tenían varias colecciones de premios Nobel de literatura, en su encuadernación marrón con letras doradas, y los premios Goncourt. Revistas de cine de los ochenta y libros antiguos evidentemente falsos. Un ejemplar de Nada, de Laforet, y algunas colecciones de William Saroyan y Lafuente Estefanía que tenían su aquel. Nada de eso me interesaba lo más mínimo. En su lugar, escudriñaba la estructura del local, más ancho que largo, contando los pasos, para recordar la distribución de aquella casa en la que nunca estuve.

–Me suena tu cara– dijo el librero, que se había colocado a mi altura sin yo darme cuenta–. ¿Eres del barrio?

–Viví aquí hace años. Pero llevo mucho tiempo fuera del país.

–No vienes por los libros, ¿verdad?

–Pues no, no te voy a engañar.

–Me lo imaginaba –dijo sin ocultar su desencanto–. ¿No serás otro de mis hermanos?

–Espero que no –dije sorprendido– Antes vivía unas calles más allá.

–Ya. Antes de que tiraran el barrio, ¿verdad?

–Sí, bastante antes.

–¿Cuántos años tienes? Pareces demasiado joven para acordarte de ella.

–¿De quién?

–De mi madre.

Aquello me desarmó. No me podría imaginar que este librero, con barba de cuatro días, coletilla de estudiante de filosofía y camisa de cuadros más parda que blanca podría ser el hijo de aquella. No me atreví a preguntar, pero aun así él me contó toda su historia. De la madre propietaria del establecimiento, el Bar Oasis II, como si en algún momento de la existencia que ambos desconocíamos hubiera habido, en algún otro lugar, un Oasis I. De las noches durmiendo en dos sillas de madera, entre humo de tabaco y gritos de parroquianos.

–¡Ya sé de qué me suena tu cara!¡Eres el niño de la parka verde!– dijo, golpeándose la frente– ¡Claro, el niño de los sábados!

–No sé a qué te refieres, de verdad…

–¡Pues claro, pasabas todos los sábados por delante de casa, y te quedabas un rato mirando! ¡Anda que no se reía de ti mi madre! Me decía: mira, ya está ahí mi noviete de los sábados. Y yo me moría de la envidia.

–¿De la envidia?

–De la envidia porque llevabas una parka verde molona y cuando te levantabas tenías el desayuno preparado, como en los libros de cuentos.

–¿Qué fue de tu madre?

–Murió. Tiraron el barrio y se dejó morir. Nos dieron el primero y el local, a cambio del terreno y, en cuanto estuvieron terminados los pisos se sentó en el salón y se dejó morir. Y yo abrí la librería. Al fin y al cabo es una de las cosas que me dejó, un montón de libros. Me decía “cuando terminen en el local abriremos una librería de viejo, para que se llene de estudiantes y de gente que venga a leer barato”. Y mira, aquí sigo. ¿Y tú, a qué te dedicas?

–Soy escritor.

–¡Pues mira qué bien! –dijo, palmeándome la espalda–. A lo mejor tengo algo tuyo por aquí.

–No creo, acabo de publicar mi primer libro, todavía no ha dado tiempo.

–Llegará, no te preocupes. Siempre llegan.

–Tenía un abrigo de pelo largo, ¿verdad?

–Pues no me acuerdo de ningún abrigo.

–Recuerdo una vez que pasaba por delante para ir al cine y la vi pintando el abrigo con pintura blanca. Se me quedó grabada en la memoria. Ella, tan grande y tan morena —imité con los dedos la melena rizada y negra.

El librero se quedó quieto y, si no supiera que es imposible, juraría que envejeció unos años. Como si se le hubiera caído encima todo el polvo acumulado en sus libros en un instante.

–Esa no era mi madre, era la Tomasa, la dueña del bar de al lado.

–Vaya.

–Pues sí, vaya –Se dirigió al mostrador y se sentó detrás.

–Siento no acordarme de tu madre, de veras.

–No pasa nada. No todo el mundo merece ser recordado.

No supe qué decir, así que me despedí educadamente y me marché a mi hotel. En los días siguientes y, desde entonces, evité la calle siempre que pasaba alrededor de la catedral.